Las arandelas de cobre y aluminio se utilizan cuando se necesita una arandela metálica deformable capaz de adaptarse al asiento durante el apriete. Su maleabilidad permite compensar pequeñas irregularidades entre superficies metálicas y favorecer la estanqueidad en tapones, racores y uniones roscadas.
El cobre recocido destaca por su ductilidad y por su capacidad de deformación bajo presión. Por este motivo, es una de las opciones más habituales en sistemas hidráulicos, circuitos de lubricación, circuitos de refrigeración, tapones de vaciado, racorería y otros montajes donde la arandela debe ajustarse al asiento sin actuar como una arandela estructural.
El cobre también presenta una buena conductividad térmica y eléctrica. Esta propiedad puede ser útil en montajes donde interesa mantener continuidad entre piezas metálicas, trabajar cerca de zonas con variaciones de temperatura o facilitar cierta disipación local de calor en el punto de fijación.
Tanto el cobre como el aluminio mantienen un comportamiento dúctil en un rango amplio de temperaturas, incluidas aplicaciones con frío o refrigeración industrial. Esto permite que la arandela conserve capacidad de adaptación durante el apriete en condiciones donde otros materiales pueden perder flexibilidad.
Las arandelas de aluminio aportan una alternativa ligera, amagnética y con buena resistencia natural a la corrosión atmosférica. Se utilizan cuando interesa reducir peso evitar magnetismo residual o trabajar con componentes de aluminio. En uniones entre metales distintos debe valorarse la compatibilidad galvánica de los materiales y las condiciones ambientales, por ejemplo en bloques de aluminio, racores de acero u otras uniones mixtas donde conviene reducir riesgos asociados a la corrosión galvánica.
La suavidad superficial del cobre recocido y del aluminio también favorece el deslizamiento durante el apriete de tuercas, tapones o cabezas de tornillo. Esto puede facilitar el montaje y reducir rozamientos locales entre la arandela y las superficies de contacto.